jueves

Capítulo 1: Ben.

Martes, cinco treinta de la tarde. Otra vez el mismo colectivo, el mismo recorrido, la misma universidad con las mismas asignaturas y los mismos profesores. Esa era mi aburrida rutina de cada martes por la tarde. Nuestra aburrida rutina, ya que por suerte no la cumplía sólo.

-Ya deja de babearte.- susurró mi compañero de asiento en el colectivo y mi mejor amigo, Edward Cullen. Tarde un segundo en entender que era a mi a quien estaba hablando, y cuando lo comprendí desvié la vista de aquella melena oscura, y miré a Edward con las mejillas levemente rosadas.

-No estaba babeando.- contesté con el mismo volumen, fulminándolo con la mirada. Edward rodó los ojos, y bufó.

-Claro, claro.- murmuró con ironía. -¿Por qué no te acercas y le hablas?- hizo un movimiento con la cabeza hacia atrás, y aunque sabía de quién me hablaba, me hice el tonto y miré hacia atrás un segundo.

Ella estaba mirándome.

-No sé de que me hablas, Edward.- mascullé volviendo el rostro hacia adelante de nuevo. Mi amigo volvió a rodar los ojos, un día de éstos le quedarían en blanco definitivamente. Luego, él también miró hacia atrás, y me sonrió.

-Está mirándote de nuevo.- se le escapó una risa estúpida, y una de las pocas pasajeras que viajaban con nosotros lo miró alzando una ceja.

-¡No la mires!- susurré, controlando la voz para no gritar. Aunque el tráfico era ruidoso, en el colectivo viajaba muy poca gente, mas de la mitad de los asientos estaban vacíos, y podría oírseme con facilidad desde la otra parte del transporte.

-¿Por qué no? Por Dios Ben, ¿cuantos meses hace que viajas en este colectivo mirándola y nunca le has hablado?- realmente no podía entender mi timidez, lo veía en sus ojos. Se esforzaba, pero no lo entendía. Negué con la cabeza, a falta de una buena respuesta. Edward frunció los labios, en señal de desacuerdo, y sacudiendo la cabeza apoyó la espalda en su respaldo.

Agradecí que la charla llegara a su fin. Edward no era ni metiche ni chismoso, simplemente no me entendía y se esforzaba por hacerlo pero, al no lograrlo, lo dejaba correr, una vez más. Tenía una inmensa suerte de contar con su amistad.

Disimuladamente, me apoyé contra la ventana y miré hacia atrás de reojo. Ella estaba hablando con su amiga, la que siempre viajaba con ella, y no miraba más en mi dirección, asi que me sentí libre de observarla con calma. Su pelo, largo y oscuro, estaba atado en una coleta alta detrás de su cabeza, y las puntas caían sobre su hombro derecho con unas delicadas ondas. Hoy vestía unos jeans claros, una remera beige de mangas largas, y llevaba su mochila blanca sobre el regazo. Hablaba poniendo mucho énfasis en lo que decía, gesticulando con sus manos, y su flequillo caía sobre sus ojos sin importar cuantas veces lo apartara. Sus anteojos ovalados se deslizaban por su nariz hacia abajo, y ella los volvía a subir casi como un acto reflejo.

Un pequeño suspiro se salió de mi boca, y a mi lado Edward hizo un gesto, pero no le presté atención. Estaba completamente perdido en los movimientos de la boca de aquella chica hermosa que se sentaba desde hacía meses en el mismo asiento de aquel colectivo cada martes a las cinco y media de la tarde.